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  • Abel Forlino

Los bonos de carbono y sus beneficios a la industria de la carne

Estamos transitando una pandemia que nos obliga a ver las cosas desde otra perspectiva. Esta situación sin precedentes muestra con crudeza la volatilidad de nuestras vidas, la fragilidad del planeta y su transformación caótica en un parpadear de ojos. Esta situación refleja lo poco preparados que estamos como civilización ante estos eventos desafortunados.

La inacción no es la solución y, por ese motivo, la conciencia social exige un cambio con nuestras prácticas. Durante esta búsqueda, que nos llevará a ser amigables con el medio ambiente, habrá nuevos procesos para cada industria y, en especial, para la sustentabilidad de la ganadería y la comercialización de carne bovina. A raíz de ello, habrá ganadores y perdedores, como nos demostró la evolución gigantesca del virus a lo largo del último año y medio, pero los que estén mejor preparados soportarán los cambios y disfrutarán de grandes beneficios.

El objetivo de este artículo es discutir el presente comercio de los bonos de carbono y, ante ese panorama, la importante apuesta a la sustentabilidad en la industria ganadera y cárnica.


El cambio climático y su impacto en nuestra industria


Durante los últimos cincuenta años, el cambio climático se ha convertido en una de las cuestiones más relevantes y urgentes de la agenda internacional. Los efectos que derivan del actual y progresivo cambio climático, y sus consecuencias mundiales a nivel económico, social y ambiental, llevaron a muchos países desarrollados a asumir compromisos cuantitativos que limitan sus emisiones de gases contaminantes que, en este caso, son aquellos que contribuyen al efecto invernadero.

Para cumplir con los citados límites a las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero) y minimizar su impacto en las economías mundiales, se planteó un nuevo mercado mundial que es el del carbono. Se trata de un mercado del cual la industria ganadera y cárnica no están exentas y, por ende, se enfrentan a nuevos desafíos. El metano liberado por los rumiantes también es un gas de efecto invernadero y su impacto en el calentamiento global resulta en la equivalencia de 1 tonelada de metano (CH4) en 21 a 23 toneladas de dióxido de carbono (CO2), potenciando asimismo el calentamiento global.

La mayor parte del metano agrícola proviene del ganado rumiante, principalmente de vacas y ovejas. La cría de estas especies genera el 79% de la contribución del sector y eso equivale al 30% de todas las emisiones antropogénicas. Cualquier otra práctica o tecnología para reducir o captar metano en un establecimiento ganadero generará un ambiente sustentable y, a su vez, buenas oportunidades para comercializar bonos de carbono. Dado que una gran parte de la sociedad se interesa por la salud del planeta, se valorará aún más ese esfuerzo y es aquí los productores pueden aprovechar para diferenciar su producto final.


Innovación en la alimentación animal


Se está investigando experimentalmente cómo cambiar parte de la dieta de los animales para reducir la actividad metanogénica. Si bien probablemente no sea una solución práctica a gran escala, algunos estudios sugieren que una dieta rica en ciertas algas puede disminuir las emisiones de metano de un animal hasta en un 80%. Un compuesto llamado bromoformo, abundante en estas algas, inhibe las reacciones químicas que producen metano en el rumen de los animales.

Desafortunadamente, para lograr una reducción de metano del 80%, el ganado estaría sometido a un tipo de alimentación que impactaría tanto en la producción de carne como en la de leche. Pero quizás encontrando las dietas justas, se puede encontrar un punto de equilibrio propicio para la producción y la reducción de metano.

En este sentido, se pueden agregar aceites vegetales a la dieta de los rumiantes, ricos en calorías, que no fermentan en el rumen y, por lo tanto, no estimulan los metanógenos. Este enfoque reduciría las emisiones entre un 11% y 18%. Otra medida que podría interrumpir la producción de metano es el agregado de químicos sintéticos a la dieta de los animales, y uno de ellos es el 3-nitrooxipropanol, que anula una enzima que los insectos utilizan para generar metano.


Bonos de carbono y comercio de derechos de emisión


Los bonos de carbono (también conocidos como "créditos de carbono") son un mecanismo internacional de descontaminación para reducir las emisiones contaminantes al medio ambiente. Es uno de los tres mecanismos propuestos en el Protocolo de Kioto para la reducción de emisiones causantes del calentamiento global y GEI.

El sistema de comercio de emisiones, a través de los bonos de carbono, ofrece incentivos económicos para que empresas privadas, que contribuyen a la mejora de la calidad ambiental, consigan regular la emisión generada por sus procesos productivos.

El mercado de carbono consiste en la compra y venta de manera libre, como cualquier commodity, de las Reducciones de Emisiones Certificadas (CER). Los proyectos encuadrados dentro de los mecanismos para un desarrollo limpio (MDL) permite a sus desarrolladores obtener estos certificados y hacer su posterior comercialización. Los países desarrollados pueden financiar proyectos de abatimiento o captura de reducción de emisiones en otros que son subdesarrollados, abaratando sus costos de cumplimiento, y generando beneficios económicos y ambientales.


Conclusión


Hay opiniones negativas y positivas alrededor de esta temática. Los que opinan de manera negativa ven a los bonos de carbono como un impuesto que aumentaría los costos de producción de casi todos los productos que se elaboran, compran y consumen. Este sería un nuevo impuesto no solo sobre el carbón y el gas, sino también sobre la manufactura, la agricultura, la construcción y cualquier otra actividad humana productiva que libere CO2.

Dado que casi toda la actividad productiva requiere energía y genera CO2, muchas empresas pagarían el impuesto al gobierno, y probablemente lo pasarían a los consumidores. El precio del carbono aumentaría el costo de casi todo, desde la comida que ingerimos hasta la ropa que usamos, y las casas que compramos. La versión pesimista piensa que el precio del carbono retrasará el desarrollo y transición de los combustibles fósiles hacia las nuevas tecnologías verdes.

Sin embargo, la visión optimista ve que el mercado de la energía verde ya es enorme. Las corporaciones, las donaciones, los gobiernos y los inversionistas con mentalidad ESG están clamando por ello. El desafío de cambiar de combustibles fósiles no es la falta de incentivos. Es un problema de ingeniería, entonces se espera que con estos incentivos muchos de los sectores públicos y privados compitan para desarrollar fuentes de energía de menor emisión y mayor eficiencia.

La transición de los combustibles fósiles se irá produciendo a medida que aparezcan estas tecnologías verdes confiables y asequibles, como ya está sucediendo actualmente.

Si los líderes de nuestra industria ganadera y cárnica apuntan a la reducción de emisiones, los gobiernos deberán favorecer políticas que promuevan el crecimiento económico y la innovación tecnológica, y, es allí donde está el punto primordial de su éxito a corto y largo plazo.

No hay dudas que ese es el camino, y que el planeta necesita de nuestra creatividad y esfuerzo para dejar un mundo sustentable a las próximas generaciones.


Autor: Abel Forlino

Fuente: Carnetec


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